Este paisito nunca deja de sorprenderme, desafortunadamente la mayoría de veces lo hace de manera negativa, así que sería más indicado decir que no deja de defraudarme.

El viernes pasado estuve bailando salsa en un chuzo llamado “El Titicó Gril”, un sitio inspirado en los rumbeaderos setenteros, que ofrece buena música, trago caro y en ocasiones, un ambiente de penumbra propicio para manosear a la pareja con disimulo. Esa noche, en otra de las mesas del lugar departía un grupo de jóvenes entre los que se encontraba una pareja gay. Todos bailaban, incluso la pareja de chicos, y la noche iba bien, hasta que en un momento la pareja en cuestión se dio un besito en la pista de baile. Un besito insignificante, sin pasión, lengua, ni manoseada. Un besito inocente que me hizo recordar mi primer beso. Sin embargo, eso fue suficiente para suscitar la reacción de la administración del chuzo aquel.

Antes de que la pareja abandonara la pista de baile ya había un mesero hablando con ellos, diciéndoles que ese no era un sitio gay y que tendrían que irse del lugar.  Es evidente que para ser mesero no hay que haberse leído la Constitución, ni estar enterado de las disposiciones de la Corte en el tema de derechos homosexuales. Parece que en ese chuzo nadie se enteró de que el presi JuanMa firmó a finales del año pasado la Ley Antidiscriminación, que penaliza este tipo de actos y sanciona a los infractores con penas de uno a tres años de cárcel y multas entre 10 y 15 salarios mínimos. Definitivamente, el administrador de El Titicó no sabe que según esa misma ley, es motivo de agravación punitiva que la conducta se realice en un sitio público.

Es triste que a pesar de los avances que se han logrado en la lucha por los derechos de los homosexuales en nuestro país, siguen existiendo conductas discriminatorias a todo nivel. Es triste que la Corte siga dándole largas a su pronunciamiento en el caso de adopción de las madres lesbianas de Medellín, tal vez a la espera de la llegada de un Magistrado conservador que niegue la tutela.  Pero lo más triste fue la justificación que dio el administrador del Titicó.

Según este señor, en el chuzo no tienen ningún problema con las personas homosexuales o las demostraciones de afecto, pero un cliente traqueto que había en el sitio se había molestado, y les había dicho que ya no más. Habrase visto que situación tan pintoresca. Habíamos quedado sometidos a la moral de unos delincuentes, a los que les parece que está bien amenazar a un hombre, torturarlo e incluso asesinarlo, pero no besarlo, ese es un comportamiento inmoral que debe ser perseguido y censurado. Malditos traquetos, estamos mamados de ustedes, de su moral, su violencia y su estética.

Esa noche en el Titicó intenté identificar cuál era el narco entre nosotros, pero nunca pude estar seguro. Los herederos de Escobar han aprendido que deben ser mucho más sutiles e intentar pasar desapercibidos, sin embargo sospeché de dos grupos distintos de hombres. Uno de esos grupos contaba con dos hombres de más de 40, medio calvos y barrigones – dos características apreciadas entre los traquetos -. En el otro grupo había tres hombres, medio feítos, con poco estilo, y uno de ellos estaba con una chica tal vez muy guapa para él. Por qué será que los narcos con todo su billete no se mandan a hacer algo para ser menos feos, una liposucción, un diseño de sonrisa, un implante capilar, un tratamiento para mejorarse el cutis por lo menos.

Finalmente la cosa no pasó a mayores, los pelados se fueron y después de lo sucedido yo también me fui junto con los amigos con los que estaba, pero me parece digno de reflexión el talante de nuestro país, que tolera a los traquetos mientras persigue a los homosexuales.

Mal por El Titicó, que prefirió quedarse con el cliente traqueto y amenazador que con el grupo de jóvenes tranquilos que bailaban en la pista. Obvio, el narco gasta plata, así amenace a otros clientes, los pelados homosexuales en cambio, consumen poco y hacen escenas inmorales.

Rafael López

Fuente Cartel Urbano

 

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